Massoudy    Calligraphe
Hassan Massoudy calligrapher
   

 

 

Hassan Massoudy nació en Irak en 1944. A partir de 1961, trabaja en Bagdad donde aprende su profesión con algunos renombrados calígrafos. En 1969, llega a París y empieza sus estudios en la Escuela de Bellas Artes. 

Sigue tu camino porque el camino solo se hace con tus pasos. San Agustin

أقدم على طريقك لانها لاتوجد الا بمسيرتك ـ اورليوس اوغسطان

 

calligraphie H. Massoudy

caligrafia © Hassan Massoudy

 

Sus creaciones son el fruto de un encuentro entre el pasado y el presente, entre el arte oriental y el arte occidental, entre la tradición y la modernidad. Perpetúa la tradición de la caligrafía y al mismo tiempo se libera de ella. Purifica sus trazos, simplifica sus líneas e introduce el color.

Caligrafía las frases escritas por los grandes poetas, los grandes escritores o la sabiduría universal. Su obra es la reflexión de la cultura humanística.

La emoción que sentimos al contemplar sus caligrafías se produce por el movimiento de las líneas, su grosor, su luminosidad, su transparencia, el equilibrio entre el negro y el blanco, la plenitud y el vacío, lo concreto y lo abstracto.

Hassan Massoudy ha perpetuado desde su formación de calígrafo en Irak, el espíritu del noble artesano que fabrica o inventa sus propios utensilios, prepara el mismo sus tintas utilizando la mezcla de las tinturas y de los pigmentos coloreados.


"Hassan Massoudy es admirado por el uso magistral que realiza del color en sus composiciones. Encontramos los aguados opalescentes, las cabelleras de esmeraldas, la gama de los crudos enriquecidos con los profundos tonos de la madera y las aromas del sándalo. Es una nueva era que se abre para la caligrafía.

Efectivamente, los amantes de la antigüedad y del exotismo pueden decepcionarse. Hassan Massoudy no es un fósil viviente de la antigua caligrafía árabe... Es un artista de nuestro tiempo. Su arte pertenece al final de este siglo XX, a pesar de que las raíces milenarias le sumerjan en la tradición del Oriente."

Michel Tournier


La caligrafía árabe moderna
Hassan Massoudy

Resido en París desde 1969 y he expuesto mis trabajos inspirados en la caligrafía árabe en varias ciudades europeas. Puestos a hablar sobre las aplicaciones de la caligrafía árabe en el arte contemporáneo, prefiero ceñirme al relato de mi propia experiencia, pues no me tengo por crítico de arte sino por artista plástico, y es cierto también que me resulta difícil hablar de este tema en términos generales. En este sentido, recuerdo el  dicho japonés según el cual “la caligrafía es la persona”, pues cada calígrafo es dueño de una experiencia diferente que se verá reflejada a lo largo de su vida como creador.
Desde niño, siempre he estado rodeado de caligrafías árabes, epigrafiadas a gran tamaño sobre los muros exteriores de los monumentos de mi ciudad, Nayaf (Iraq), y sobre las paredes de las mezquitas, los cementerios, las escuelas coránicas y las bibliotecas. En parte descubrí la caligrafía gracias también a mi tío materno, que era predicador, escritor y calígrafo aficionado. Lo recuerdo a mis cortos cinco años caligrafiando las letras con el cálamo y la tinta china. Con apenas diez años, yo tenía ya una caligrafía capaz de llamar la atención de mi maestro de primaria, que me ayudó muchísimo. Durante mi paso por la escuela primaria y la secundaria, solía participar en todas las exposiciones de dibujo y de caligrafía que se organizaban. Y además, rotulaba carteles para algunos establecimientos comerciales de Nayaf.
En 1961, al concluir la secundaria, me trasladé de Nayaf a Bagdad. Allí trabajé para varios calígrafos, a cuyo lado aprendí diferentes estilos y técnicas. Mientras trabajaba en un negocio de propaganda y publicidad, fueron creciendo en mi interior el deseo de cambiar de expresión artística y el sueño de cursar estudios de Arte en París. Tras ocho años de trabajo como calígrafo en Bagdad, me llegó la oportunidad de hacerlo y entrar en la École des Beaux-Arts de París en 1969. Los años que pasé en París los dediqué a conocer en profundidad el arte occidental, desde sus orígenes griegos hasta la pluralidad de corrientes artísticas del siglo XX, pasando por el siglo XVI europeo y el Renacimiento. Aprendí las técnicas básicas de la pintura al óleo, de preparación de los colores, y cursé otros estudios complementarios sobre perspectiva, arquitectura, mosaico, frescos, etc.
Al dejar Iraq, eché en la maleta algunos cálamos que con el tiempo me ayudaron a costear mis estudios, haciendo trabajillos de caligrafía para un periódico argelino que se editaba en París. Mis estudios en la École des Beaux-Arts se prolongaron durante cinco años, y en 1975 obtuve el Diplôme National Supérieur d'Art Plastique. Fue entonces cuando comencé a tener la sensación de que me hallaba en un callejón sin salida y que debía encontrar mi propio camino. En un primer momento, me dejé influir por un grupo de artistas que daban mucha importancia en sus pinturas a la expresión minimalista, movimientos de formas simplificadas a la mínima cantidad de trazos. Más tarde, empecé a interesarme por el arte abstracto, y fue en esa etapa cuando la caligrafía árabe se fue colando poco a poco en mis cuadros, cosa que me llenó de felicidad. No obstante, por entonces la caligrafía era sólo un recurso decorativo, pues seguía pintando al óleo y en lienzo, materiales que a mi juicio no favorecen la expresión de los verdaderos sentimientos. En este punto, comprendí la extrema importancia de la materia que utilizamos, según lo que queremos expresar.
Tras haber trabajado ocho años como calígrafo en Bagdad y tras cinco años de estudios de Artes plásticas en París, en 1975 no me sentía ni calígrafo, en el sentido convencional del término, ni tampoco artista plástico, a la manera que podría deducirse del diploma superior que me había expedido la Escuela de Bellas Artes. No me sentía satisfecho ni con la caligrafía que había aprendido en Bagdad ni con la pintura al óleo que me habían enseñado en París. ¿Qué podía hacer?  ¿Adónde podía acudir? Entonces recordé el proverbio africano que reza: “Cuando no sepas hacia dónde ir, recuerda de dónde vienes”. Y volví a retomar los estudios de caligrafía árabe: sus orígenes, sus rasgos particulares, su larga historia de más de mil años… Dediqué los seis años siguientes a estudiar todos los documentos a los que pude tener alcance, en libros, museos y paredes de monumentos. Llamé a las puertas de los calígrafos más renombrados, como Hamid al-Amidi en Estambul, o de un grupo de El Cairo, a fin de consultarles todas las dudas que era incapaz de resolver.
Por otra parte, los conocimientos de Historia y de Arte que adquirí a mi paso por la École des Beaux-Arts me permitían tener una visión diferente de la caligrafía árabe más clásica. A partir de ahí comencé a distinguir aspectos y diferencias sutiles de este arte. Un resumen de los resultados que alcancé en esos seis años se puede encontrar en la obra que lleva por título Calligraphie arabe vivante, publicada en París en 1981. En ella se traza una aproximación a los aspectos técnicos, artísticos y sociales, en árabe y francés, con imágenes e ilustraciones de diferentes estilos caligráficos.
En ese período, es decir, a principios de los años ochenta, abandoné el lienzo y el óleo; y, como atraído por una extraña llamada de mi interior, regresé a la tinta y al papel. Ambas son la materia prima de una multitud de formas de expresión artística propias de Oriente, como el óleo y el lienzo lo son en la tradición artística de Occidente. No cabe duda de que la materia  juega aquí un papel psicológico importante, pues no es lo mismo la acuarela que la pintura al óleo, ni es lo mismo el papel que absorbe la tinta que la tela cubierta de una sustancia gomosa que inhibe la absorción de los colores.
En ese mismo período, decidí también elaborar formas abstractas usando la caligrafía, sin otro significado que la mera forma de las letras... No tardé mucho en descubrir que ese método no me convenía, porque dibujaba una y otra vez las mismas formas, o similares, porque me cuestionaba siempre lo mismo y llegaba siempre a las mismas conclusiones desde el punto de vista plástico. Las palabras, en cambio, tenían la capacidad de imponer a través de sus significados formas en las que no se había reparado antes. Así por ejemplo, el fuego (en árabe: النار ) tiende a subir por su propia naturaleza, y si nos detenemos a observar su grafía, podemos ver la verticalidad que inspira su forma; mientras que el agua (en árabe: ماء ) tiene una forma más horizontal, como si anhelase el descenso y el reposo.
Llegado a ese punto, tenía que decidir qué textos representar, qué frases o qué voces escribir. La obligación de destruir la frase para volver a reconstruirla requiere de textos literarios capaces de soportar semejante tormento. Y así fue como la poesía árabe se impuso como materia literaria para mi trabajo artístico. En primer lugar, porque los poetas árabes me habían de enriquecer con sus imágenes, ideas y sentimientos. Y en segundo lugar, porque la poesía concede a la expresión plástica la libertad de romper las palabras por un lado y reconstruirlas por otro... pues en el fondo ése es también uno de los juegos habituales de los poetas.
Mi interés por la poesía me obligó a investigar en el panorama poético árabe, partiendo de los remotos poemas preislámicos. Cuando la poesía era ya una forma corriente de expresión de los pueblos árabes anteriores al islam, la caligrafía árabe apenas había empezado a vivir su niñez. Y sin embargo, la escritura poética de aquella época escondía en su interior la esencia de lo que más tarde sería la caligrafía árabe, pues las dos tienen por destino engrandecer la forma y ocultar el significado.
Los poetas árabes de la antigüedad, habitantes de los desiertos, legaron a la literatura universal una poesía que nos arroja en la infinitud del espacio y del tiempo. El hombre se sentía allí el punto central de un gran círculo esbozado por las líneas del horizonte, pues para el ojo humano la distancia en el desierto es siempre la misma, con independencia de la dirección en que se mire. Desde ese punto central, el hombre vivía en permanente diálogo con la luz durante el día, y con las estrellas de noche. La poesía árabe preislámica es en su mayor parte oda o canto. Los poetas componían sus casidas como formaciones gráficas capaces de trasladar la imagen del espacio desértico, con un estilo sobrio, de palabras sencillas.
Existe entre la poesía y la caligrafía un elemento que las aproxima, pues el poeta no revela todas las palabras, no facilita todos los sentidos, sino que deja que la inteligencia del oyente complete la imagen poética y otorgue un significado que pudiera incluso ser otro respecto del que el poeta pretendía, permitiéndole de este modo satisfacer sus propios deseos y expresar sus propios sentimientos e ideas. Es así como las palabras del poeta se funden con el pensamiento y los sentimientos del oyente. Esta posibilidad de que quien lee entre líneas pueda crearse sus propias imágenes da cumplida satisfacción a la necesidad que el ser humano tiene de formarse sus propias ideas y exteriorizarlas. Le ofrece la posibilidad de liberar de su corazón un flujo de emociones y sentirse él mismo poeta al leer o escuchar un poema. Caligrafía y poesía participan en esencia de esta misma capacidad de expresión. En la medida en que todas las formas artísticas están hermanadas y cada una de ellas alumbra el camino hacia otra, así el acercamiento a la poesía otorga a la caligrafía una capacidad de expresión superior.
En los poetas, busco que alimenten de imágenes mis pinturas. Busco que mis trazos confluyan en sus imágenes y metáforas, y que de esa confluencia nazca una nueva senda. Estoy convencido de que acierto al emplear el término sura (imagen) cuando hablo de caligrafía, pues la escritura para mí es hija de la imagen. La escritura sumeria, o la egipcia antigua, no eran sino imágenes simplificadas, como lo fueron más tarde los alfabetos. La caligrafía no es más que la esencia de las imágenes, pero no de imágenes naturales o de fotografías, sino imágenes originales, imágenes como símbolos, capaces de actuar como un resorte sobre la mente y la mirada del espectador.
Entre 1972 y 1985 colaboré con el actor francés Guy Jacquet y el músico Fawzy Al-Aïedy en la organización de conciertos en salas llenas de público. El actor leía un poema en árabe y en francés, el músico interpretaba o cantaba el mismo texto, y yo lo escribía sobre un artilugio que proyectaba la caligrafía sobre una pantalla de cine. Mis trazos eran punto de encuentro de dos –y a veces hasta tres- modos de expresión artística. Fue una actividad que nos obligó a renovarnos y recrearnos continuamente. Durante los conciertos, había días en los que me sentía más cerca de la música y otros en cambio en los que estaba más cerca de los versos. A veces, en determinados momentos de la actuación, tenía que apresurarme para alcanzar a mis colegas, por lo que me veía obligado a romper el compromiso de paso lento que me había impuesto la profesión, aunque no por ello estuviera dispuesto a sacrificar la belleza de la caligrafía árabe. Sí a la rapidez, pero  conservando la belleza. Caligrafiar ante cientos de espectadores y con la presión de un sinfín de sensaciones enfrentadas, se convertía en un nuevo reto cada día. La luz que te enfocaba para ser visto por la sala a oscuras es lo más parecido a mirar al sol ardiente. De vez en cuando había alguna sorpresa, y cualquier sorpresa en una actuación frente al público exige una inmensa energía que la mente y el cuerpo buscan aquí y allá durante la representación. Fruto de esa lucha, en los momentos críticos surgía lo inesperado: unas artes solapaban a las otras y sólo aparecía lo explícitamente fundamental.
Después de esta larga experiencia de doce años, con decenas de conciertos y actos culturales, observé que en mis trazos sobre el papel habían empezado a plasmarse nuevas formas de tratamiento. En aquellos conciertos, los poemas hablaban de dolor y llamaban a la esperanza, y así mis trazos pasaron por diversos estados, como las estaciones del año: desaparecía el lánguido invierno dando paso a la florida primavera. Mi caligrafía reflejaba las cargas dramáticas de aquel trabajo. Cuando la poesía expresaba angustia o dolor, yo empleaba instrumentos que saturaban el espacio y dificultaban la producción. Cuando la voz del actor se tornaba ronca, mi mano se sumía en un estado de calma y reverencia; y cuando estallaba de cólera,  mi mano la acompañaba con la fuerza de un tornado. Me afanaba por atraer la caligrafía árabe antigua hacia una expresión gráfica nueva, que caminase paralela a la expresión teatral del actor y del músico.
Aquellos años solía encerrarme cada semana en mi taller de dibujo durante varios días, y me pasaba las horas trazando líneas sobre el papel. Fui tomando conciencia de la influencia que de modo gradual iba ejerciendo en mí lo que hacía sobre el escenario, y fui permitiendo que esos efectos ocuparan el lugar que quisieran en mis dibujos sobre papel. Poco a poco, las letras gruesas y los trazos danzantes fueron conformando mis composiciones gráficas: trazos modernos, pero siempre acompañados de algunas líneas en estilo cúfico antiguo, para no renegar del estilo árabe que más se acerca al dibujo. La escritura cúfica de mis cuadros es una línea horizontal posada al pie de una masa gráfica, como una gran estatua en medio del desierto.
En mi caligrafía hay indicios inequívocos de su origen árabe, pero no se parece en absoluto a la caligrafía árabe tradicional. Tras más de treinta años de exilio, uno no puede seguir siendo lo que era, y la caligrafía no es más que un espejo en que se refleja la vida del calígrafo. Si analizamos con detenimiento la caligrafía antigua, veremos que ha ido experimentando cambios e innovaciones siglo tras siglo. En todas las regiones a las que llegó la caligrafía árabe se produjeron transformaciones inesperadas. En este sentido, cabe preguntarse si los antiguos calígrafos de estilo cúfico habrían aceptado lo que se conoce como escritura cúfica arquitectónica, hecha sobre ladrillo.
No es mi intención pedir que todos los calígrafos abandonen sus estilos tradicionales y  practiquen una caligrafía moderna, sino que trabajemos para que en la caligrafía árabe haya una rica diversidad de estilos. Me gusta volver a contemplar, de cuando en cuando, las obras de los grandes calígrafos, como al-Amasi, al-Hafiz Uzmán, Raqim y Hashim; cosa que también suelo hacer con algunos calígrafos contemporáneos, a los que me voy encontrando en distintos puntos de la geografía del mundo árabe y musulmán.
Quisiera ahora citar a algunos poetas cuyos versos se han instalado en mis caligrafías. Es el caso por ejemplo de Mansur al-Hallách, el poeta del siglo X que con apenas unas palabras creaba una escena musical ricamente decorada y plena de energía. La fuerza de sus imágenes y la simetría de sus composiciones caracterizaban un estilo sin parangón, con versos que deleitan el oído cuando dice:

Su espíritu es mi espíritu, y mi espíritu es Su espíritu;
si Él desea, yo deseo, y si yo deseo, Él desea (1).

Sus palabras apostadas frente a frente, como si de un espejo se tratase, han inspirado a muchos calígrafos en el pasado y dieron pie a un nuevo estilo de caligrafía, como podemos ver en las numerosas pinturas que adornan la Gran Mezquita de Bursa (Turquía). Pero yendo un poco más allá, la simetría de la poesía de al-Hallách esconde emociones e impulsos interiores que sacuden la gravedad de la caligrafía poética, cual nave a merced del oleaje en medio de una tormenta:

Sin cesar floto en los mares del amor,
me elevo y desciendo con la ola.
Tanto me elevan las olas,
como caigo y me sumerjo (2).

No es posible trazar una imagen poética como ésta, sin dejarse arrastrar por las emociones de su autor. El calígrafo no puede ignorar las emociones del poeta, pues en estos versos los sentimientos del corazón conducen a la razón, especialmente en poemas como éste caracterizados por su pureza y sencillez musical. Una poesía así se aproxima a la caligrafía a través de su tonalidad musical y su arquitectura general. Además, se trata de palabras que ocultan secretos que cada persona interpretará a su manera. Los versos, merced a sus múltiples interpretaciones, pasan así a incorporarse al mundo del arte.
Un segundo poeta cuya obra también he caligrafiado es Ibn Zaydún, quien a su muerte en el siglo XI nos dejó una obra inmensa, en gran medida alusiva a su actividad política. Sin embargo, lo más perdurable de su producción son sus versos de amor a la poetisa y cortesana Wallada. Ante el dolor de la separación, Ibn Zaydún canalizaba los sentimientos a través de la creación y, viendo nubes en el cielo, aprovechaba para dirigirse a ella:

¡Oh nocturno relámpago! Visita
su alcázar de mañana, y allí escancia
tu fresca lluvia a quien pasión un tiempo
me escanció con largueza, y amor suave (3).

Esta imagen de Ibn Zaydún es expresión directa de lo que encierra el corazón de un poeta que ha hecho suya la tradición literaria de los árabes. En todas sus imágenes hay colorido y movimiento. En otra ocasión, el poeta aprovecha el primer soplo de aire para enviar un mensaje a la amada:

Lleva tú, mansa brisa, mi saludo
a quien, aun a pesar de la distancia
con saludarme la salud me diera (4).

Ante la aflicción por la ausencia, el poeta encuentra a Wallada en cada expresión de la naturaleza, y encuentra su cura en la creación artística. La lectura de sus versos me hacía participar de la alegría, el dolor y las esperanzas del poeta. Sus visiones de la realidad se colaron en mi caligrafía, entre las letras y los significados de las palabras. Pero, ¿cómo se transforma un verso en caligrafía?, ¿cómo se pasa de las palabras a la composición escrita? Antiguamente, si un calígrafo quería trasladar un verso a la caligrafía, sólo tenía que elegir un estilo caligráfico (zuluz, diwani, farisi,u otro) e intentar trazar la grafía con la mayor perfección posible, respetando las reglas por todos reconocidas. A ello, hoy el calígrafo aporta como impronta personal, de un lado, la vitalidad y la fuerza de su trazo y, de otro, nuevas formas gráficas elaboradas sobre el dominio de los estilos practicados por los primeros calígrafos.
En mi caso, es posible que utilice la caligrafía de un modo diferente y particular, pues a menudo mis trazos se ven superados por los efectos de las escenas y las imágenes que retratan. Lo primero que hago es imaginarme la figura poética y espero a que alguna de las palabras se imponga al resto, para agrandarla e imprimirle un nuevo aspecto. Cuento el número de caracteres rectos y curvos, y trato de construir con ellos un edificio armonioso. Pienso en las diferentes formas que podría cobrar esa palabra y me la imagino en todos los estilos que conozco. Trazo con el lápiz un boceto rápido de la nueva figura. Modifico el aspecto de las letras que no quieren participar en la figura principal, o altero su posición dentro de la palabra. Así por ejemplo, se puede prolongar el alif desde la base de la palabra hasta el marco superior para que colabore en la construcción del techo de la nueva figura, sin por ello olvidar en ningún momento la imagen del poeta. Y hago conjeturas de modo intuitivo sobre el verdadero sentido oculto tras cada una de las palabras. Normalmente, al principio no consigo ver la imagen con nitidez. Hay líneas que aparecen más rápidas que otras. A veces consigo verlas el primer día, pero otras veces me lleva meses. Esta demora significa que aún no he logrado resolver el enigma que encierra el verso y que, por tanto, he de seguir indagando.
Para mí, las letras no son sólo escritura, sino obras de arte por sí mismas. La letra en sí es energía y debe reflejar dos cosas: en primer lugar, la fuerza y la precisión; y en segundo lugar, la finura y la calma. La letra debe reflejar su propia evolución, unas veces su impulso, y otras su arrastre, debe expresar celeridad o lentitud, pesadez o ligereza, calma o estallido.
El nacimiento de nuevos trazos conlleva también sufrimiento, pues es necesario pasar por un estado de rebelión contra la caligrafía clásica y romper los lazos que a ella te atan, para acto seguido retomar el diálogo con esa misma caligrafía antigua. Hay días que me siento del lado de la caligrafía antigua y días que no logro comprenderla. Soy consciente de la necesidad de buscar la inspiración en los calígrafos clásicos, pero al mismo tiempo creo que debemos bucear y conocer a fondo la vida que nos rodea, debemos encontrar nuestro lugar en el mundo, descubrir cuál es nuestro papel en el ámbito de la cultura, tanto en nuestra sociedad más próxima como en el conjunto de la Humanidad, y seguir avanzando y progresando. En este sentido, recuerdo unas palabras extraordinarias del filósofo chino Confucio, que decían: “Quien no avanza cada día, cada día retrocede”.

Saber preparar los materiales necesarios para la práctica de la caligrafía es imprescindible. Los antiguos calígrafos elaboraban ellos mismos sus cálamos y su tinta. En mi caso, por ejemplo, el trazo del cálamo de caña me resultaba demasiado fino para las ilustraciones, así que intenté crear algunas herramientas que tuviesen exactamente la anchura que a mí me interesa. En 1979 pude ver a más de cien calígrafos japoneses que habían acudido a París para hacer una demostración de caligrafía en la Universidad de La Sorbona. Permanecieron una semana completa en la que pude verlos a todos en acción. Extendían por el suelo cartulinas enormes y, con unas brochas grandes como escobas, comenzaban a bailar con movimientos gráficos, como relámpagos sobre el papel… Aquella demostración traería sus frutos años más tarde. Las técnicas de la caligrafía japonesa han insuflado aires nuevos a las técnicas de la caligrafía árabe. Y si bien es cierto que mi trabajo no refleja ninguna relación con la caligrafía japonesa, sino que es caligrafía árabe moderna, a partir de aquella experiencia comencé a esbozar gruesos trazos de forma directa, tratando de hacerlos lo más rápido posible y fabricándome para ello los instrumentos  necesarios. En la caligrafía árabe tradicional se utiliza siempre la caña, aunque las enormes inscripciones epigráficas que decoran los muros se trazaban y rellenaban con pinceles finos. El utensilio más grueso que he creado hasta ahora, de un trazo de 50 cm., lo utilicé directamente sobre un papel  de 3 x 5 metros extendido en el suelo. La mayoría de mis herramientas las fabrico con cartón duro y brocha. Son herramientas con una punta similar a la del cálamo de caña convencional, pero decenas de veces más grandes. Las mojo en pintura y las arrastro presionando sobre el papel. Siempre procuro que el resultado evoque, en quien lo contempla, las letras árabes en las que se inspira, a través de las líneas inclinadas que el instrumento va trazando.  Algunas letras se parecen a los caracteres antiguos, otras han cambiado debido a las nuevas circunstancias. Intento mantener el grosor y la elevación de las letras conforme a las reglas de la caligrafía árabe antigua y respetar los principios que consideramos esenciales en esta caligrafía. Lo intento hasta donde puedo, y me gustaría que quedase patente en mi trabajo, pues mi objetivo es seguir añadiendo elementos, renovando la caligrafía árabe, como ha venido ocurriendo a lo largo de su historia. También me gusta crear nuevos espacios para este arte, adaptados a los tiempos modernos, como por ejemplo introducirla en el teatro. Quiero que mi caligrafía hunda sus raíces en la antigua caligrafía árabe, pero que al mismo tiempo no se le parezca. Me gusta reflexionar sobre el espacio, me interesa la superficie en blanco que rodea la figura. Veo cada figura como un árbol solitario en el centro de un desierto infinito.
Hay elementos de la caligrafía árabe antigua que se siguen imponiendo: el predominio de las formas curvas en casi todos los estilos, por ejemplo; o la unión de las letras, que concede a la palabra ese aire de cuerpo compacto; y por supuesto las proporciones justas entre grosor y altura, enunciadas y estudiadas desde la noche de los tiempos. Todos estos factores son contemplados por el calígrafo, que mezcla intuición y conjetura, y se deja guiar conducido por su gusto personal y su cultura. La caligrafía moderna puede aprovechar este rico legado y añadir el aporte de nuevas culturas, de los nuevos canales de información y de los avances en materia de concepción del espacio. Me preocupa el espacio a cada trazo que dibujo, y concibo mis creaciones como enormes esculturas suspendidas en el cielo, resistiendo la presión espacial y luchando contra la fuerza de la gravedad.
Las formas de la naturaleza son mi fuente de inspiración primera. Cuántas veces paseando no habré visto árboles que se inclinaban en señal de duelo, que anunciaban su caída…, y al cambiar de dirección la mirada, me encontraba con un árbol triunfante, cuya savia empujaba las ramas hacia arriba, buscando el cielo. Después, una vez ya de vuelta en el estudio, perseguía sobre el papel en blanco la imagen de aquel árbol florido, y trazaba letras como ramas, pues la caligrafía es un arte que refleja lo que habita en el interior de las cosas y no aquello que es visible de forma natural. Permanecer en diálogo continuo con lo invisible, buscar la inspiración más allá de lo aparente, en la estructura profunda de las cosas, son quizás algunas de las mayores dificultades de mi trabajo como creador gráfico. Por ejemplo, la estructura de una casa es la fuerza de sus pilares, no la forma completa de la casa.
Cuando ya me creo en disposición de dibujar las formas que tengo en la mente, me doy cuenta de que sacarlas a la luz sobre el papel no es tarea sencilla, por más que haya trabajado los preparativos de este alumbramiento. Unas veces, es el mordiente, que no se traba con el pigmento; o bien el pincel, que se ha secado y aborta el acto creativo. Otras veces, por el contrario, tras un duro día de trabajo, se producen instantes de calma en que los movimientos naturales y dóciles dan lugar a formas asombrosas, que a mí mismo me admiran. De pronto, doy con grafías plenamente libres, con movimientos como de aeroplano sin riesgo de caída, letras gruesas que no pesan, letras finas sin temor a romperse, todas ellas medidas con rigor y corrección. Al día siguiente me preparo para seguir donde acabé, creyéndome un alarife que ha dado con un estilo libre y extraordinario, pero ya no avanzo, vuelvo al punto de partida y no ocurre nada similar al día anterior. La belleza hace acto de presencia cuando ella así lo decide, no cuando yo quiero. Así pues, vuelvo a empezar: hago bocetos con las palabras, imagino el poema y sus metáforas persiguiendo una palabra capaz de elevarse espiritualmente hasta lo más alto con todo su peso, sin temor a la caída, con un dinamismo que rompe la figura. Dejo que el color desgarre las letras y, a través de las formas en ascenso percibo al profundidad del espacio oculto tras la palabra en grande. Es una palabra simplificada, pero no empobrecida; una palabra en abstracto, pero que sugiere una imagen... En mis trabajos siempre queda la posibilidad de descubrir las letras y deletrear la palabra.
Siento constantemente que mis capacidades y fuerzas expresivas se ven afectadas por el grupo humano al que pertenezco, y al mismo tiempo soy consciente de la posibilidad de influir en ese grupo con mi obra. El objetivo de trazar cada día figuras más sólidas forma parte de la construcción de mí mismo. Toda búsqueda de la perfección en el trabajo no es más que una búsqueda de la perfección propia. Por este motivo, la estructura arquitectónica debe permanecer en pie, en equilibrio, sin amenazar caída. No alcanzar el equilibrio en el trazo de la palabra destacada significa fracasar y volver al punto de partida. No alcanzar el equilibrio ese día, significa también una pérdida de mi equilibrio interior, significa que debo centrar la atención en mí mismo. Practicar la caligrafía ayuda al individuo a conocerse. Tropezar, caer y levantarse para volver a la caligrafía no es sino evolucionar en esa práctica. Las oposiciones y dicotomías de las pinturas son reflejo de las contradicciones y paradojas de la vida. Todas estas experiencias no son más que un deseo de evolución. No hay evolución sin caída, pues caer no es fracasar; “fracasar -como decía Sócrates- es quedarse en el lugar de la caída”. La caligrafía te permite controlar la energía corporal, canalizarla a través de movimientos precisos, incluso volar con las palabras cuando son ligeras.
En la caligrafía, hay que plantearse un cambio de rumbo cada vez que se vuelve al principio,. Quizás fuera preferible optar por la lentitud frente a la rapidez, aunque ésta siempre será uno de mis intereses principales, porque es sintomática de los tiempos que vivimos. Por otro lado, la velocidad permite sacar fruto a las pulsiones  interiores, permite que las sensaciones fluyan sin el control de ni la tiranía de la mente, exactamente como ocurre en la música o en la danza contemporánea. Cuando observo al bailarín que cruza el espacio en su vuelo, lo veo trazar con su cuerpo las palabras en el espacio... Pero, ¿es posible volar libremente sin caer?, ¿cómo lo consiguen los pájaros? Se necesita una energía extraordinaria para vencer la gravedad y permitir que las emociones físicas se plasmen a gran velocidad. Quisiera que mi caligrafía reflejara su pertenencia al siglo XXI, a la era de la velocidad, esa velocidad que le ha permitido al hombre llegar a la Luna.
                                                           
                                                                
Fragmento de Calligraphies d'amour Editions Albin Michel, Paris 2002
Traducido del árabe : José Miguel Puerta Vilchez
Casa Árabe, 2010

Versión española publicada en Libertad e innovación. Caligrafía árabe contemporánea, Madrid, Casa Árabe-Turner, 2010.

(1) Traducción de Milagros Nuin y Clara Janés, en Mansur Hallay: Diván. Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2002, p. 85.

(2) Ibidem, p. 132.

(3) Traducción de Emilio García Gómez, en Árabe en endecasílabos. Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente, 1976, p. 47. (N. del T.)

(4) Idem.

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